El Rey Juan Carlos fue homenajeado ayer en Barcelona, durante una cena que conmemoraba el 50º aniversario del Círculo de Economía. Ante unos 1.200 comensales de alta alcurnia, el monarca soltó el discurso de siempre sobre lo buenos que son los empresarios catalanes para la economía española, etc., etc. Pero el mejor momento de la noche se produjo cuando, tras tropezarse, se cayó por las escaleras del escenario.

Aunque pueda parecer una mera anécdota sin importancia, que lo es, también podría resultar una señal de la mala pata con que nuestro país ha comenzado esta nueva legislatura, que prometía ser de vino y rosas socialistas. Si hasta el primero y más afortunado de los españoles empieza ya a caerse, no quiero ni imaginar cómo acabaremos sus súbditos, ¿estrellados, tal vez?

Quien tenga la saludable costumbre de leer diariamente mis resúmenes de prensa, no tendrá necesidad alguna de que le cuente cómo está cayendo la economía en el solar patrio. Como las cosas sigan así, acabaremos teniendo que salir a la calle con chichonera porque, la verdad, parece que a la España feliz de Zapatero le hubiesen echado un mal de ojo. Porque si bien es cierto que muchos ya preveíamos desde hacía años que la economía española, y especialmente la de los hogares, iba a sufrir un muy severo “reajuste”, que diría nuestro presidente, no lo es menos que España puede estar ahora próxima a la quiebra debido a nuestro colosal e insostenible endeudamiento, como advirtió ayer el profesor Roberto Centeno.

Pero mientras los ciudadanos nos levantamos cada mañana con una sarta de noticias peores que el día anterior, los banqueros, empresarios y políticos de nuestro país siguen instalados en el ‘dolce far niente’, porque ellos ya se ha encargado de guardarse muy bien las espaldas. Y las carteras.

Anoche en Barcelona los pudimos ver a todos juntos nuevamente, encantados de haberse conocido y jaleando a un rey que se cae por las escaleras, como nos puede pasar a cualquiera. Pero mientras que el monarca tiene veinte manos dispuestas a socorrerle de inmediato, sus vasallos tenemos ese mismo número de manos, sí, pero en el cuello.

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por Fernando Solera Asís